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LOS MATACHINES DE SAN JOSE

Los diablos, máxima representación del mal, llegan a tener aquí un significado diferente cuando son el medio para expresar la alegría de un barrio. Junto con otros personajes, los diablos son matachines y constituyen una de las más importantes tradiciones de esta ciudad. Bullangueros y de gracia sin igual para bailar, en estos días los Matachines del Barrio de San José inundan cromáticamente las calles de Huajuapan invitando a participar de esta tradicional festividad en honor del Patrono Universal de la Iglesia.
Personajes del medio artístico y de la política, payasos, muchachas y una gran variedad de diablos, son las figuras que en los matachines dan singular sabor a la fiesta de este barrio que los hizo suyos y que también se han extendido a otros.
Así, los matachines son considerados como la expresión más popular que tiene esta ciudad. Y en estos días del mes de marzo, junto a diablos de grandes cornamentas de borrego, los diablitos, la negra, el payaso y hasta Cantinflas, hacen la invitación a toda la comunidad bailando alegremente por las calles con sus agiles movimientos, sin faltar, desde luego, el también tradicional paseo del toro (actualmente ya no se lleva a un ejemplar como se hacía en años anteriores).
LOS MATACHINES

Investigaciones contenidas en el Centro de Información y Documentación (CID) de la Unidad Regional Huajuapan (URH) de Culturas Populares e Indígenas, sostienen que los matachines son la expresión más popular que tiene esta ciudad.
Con este nombre se conoce a las figuras hechas generalmente de madera y yeso que • representa personajes mitológicos, artistas, políticos y cualquier otro que la creatividad popular marque. Tradicionalmente son figuras que miden 1.50 metros de altura y poseen una cabeza hecha de madera de pipi o pipe que es sostenida por un huacal que permite a las personas introducirse debajo de ellos y cargarlos sobre los hombros para bailarlos con movimientos agiles, cómicos o elegantes.
Otra de las características de los matachines de San José son sus brazos, hechos de tela y rellenos de borla y aserrín; estos cuelgan libremente del armazón y vuelan de una manera muy particular a cada giro o balanceo que el danzante imprime al compás de la música de banda.
Su vestimenta es alegre, vistosa y relacionada con el personaje representado.
SU ORIGEN

Fotografia: David Sanjuan Zamora

Los matachines aparecieron en 1571 en Toledo, España, como una forma de celebración victoriosa de los cristianos sobre los árabes: aunque también se considera que fueron creados como una forma de manifestar rechazo y descontento ante situaciones específicas como la muerte o el mal.
Sin tener la apariencia de los actuales, o la de los más antiguos que existen en la ciudad, los matachines, según se cuenta llegaron al barrio de San José en 1919, prestados por la Villa de Tezoatlan y traídos por los señores Francisco Castillo, Francisco Ortiz, Trinidad Cisneros, Gregorio Pérez, Miguel Moray Manuel Solano.
Fue aquí en Huajuapan en donde se tuvo la idea de acondicionarles los armazones o huacales de madera para que al ser cargados tuvieran mucho movimiento. Los primeros matachines eran seis: El diablo, la negra, el muchacho, la muchacha, el viejito y la viejita.
LA CONSERVACIÓN DE LOS MATACHINES
Herederos de la tradición y el secreto para reparar a los matachines, los descendientes de don Francisco Martínez Mora son los encargados de hacer que estas figuras luzcan como nuevas cada año. Generación tras generación el secreto ha sido trasmitido y en los últimos años es guardado por Carlos y Levy Martínez Gracida, jóvenes orgullosos de la tradición, hijos de Jorge Martínez Salazar, quien también por largo tiempo reparo y tuvo a su cargo el cuidado de estas figuras.
Son 20 los matachines más antiguos de este barrio de San José y cada año los hermanos Martínez Gracida se han encargado tanto de repararlos como de repartirlos entre diferentes personas para que los vistan.
Cada año, después de la fiesta, las figuras llegan a dañarse y hay que rehabilitarlas. Por ejemplo, a los diablos se les llegan a caer los cuernos y a otros matachines se les maltrata la cabeza y la cara. Por ello son resanados con el heredado secreto y pintados de manera verdaderamente artística.
La reparación de las figuras inicia desde por lo menos un mes antes de la festividad. La actividad implica la inversión de recursos económicos, pero sobretodo de tiempo, paciencia y cariño para hacer que los matachines luzcan en todo su esplendor durante estos días de marzo en que se festeja a San José.
VESTIR AL DIABLO MAYOR

Fotografia: David Sanjuan Zamora

Invitando a la fiesta del bullanguero barrio, es tradicional que los matachines inicien su recorrido desde el frente del templo. Bajo el quemante sol y acompañados de una banda de música, los matachines transitan por diversas calles de la ciudad, pero el primer día este recorrido se inicia sin una singular figura: El “Diablo Mayor”, el cual se ha de sumar al contingente cuando llegue a la calle Bartolomé de las Casas, en donde es entregado por Rosa María Ortiz Legaría, quien desde hace ya 25 años se encarga de vestirlo.
Ella misma confecciona la vestimenta del Diablo Mayor, la cual es una de las figuras más antiguas y• se calcula podría tener una antigüedad cercana a los cien años.
La tarea de vestir al diablo le lleva unos diez días y aunque la ropa se hace relativamente rápido, son los adornos que se le ponen los que hacen más dilatada la labor.

TRADICIÓN VIGENTE
Con la conciencia de la importancia de la tradición y manifestación figuras, la Unidad Regional de Culturas Populares es una de las instancias que se ha preocupado por su fortalecimiento y en 1992 organizo el primer concurso de elaboración de matachines. Francisca Guzmán Alavés, promotora cultural de la URH, reseño que con estas actividades se ha logrado que los niños sientan más suya esta tradición, pues anteriormente, por su tamaño, los matachines estaban de alguna manera reservados para los adultos y ahora el arraigo crece a una edad más temprana.
En hombros de jóvenes, mujeres y niños, los matachines son una tradición vigente en Huajuapan, cuyas calles se alegran con sus acostumbrados paseos anuales que se detienen en algunas esquinas para deleitar a propios y extraños con su singular y rítmico baile, acompañados, desde luego, de una banda de viento y un nutrido grupo de vecinos del barrio que se esfuerzan también por mantener viva esta tradición.
Fuente:
Revista Mixteca Nuestra
David Sanjuan Zamora

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