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Leyenda del Boqueron

Santo Domingo Tonala

El catorce de febrero, varios compañeros de la escuela y yo, decidimos ir de excursión a uno de los maravillosos lugares que tiene la Región Mixteca: El Boquerón, orgullo de Tonalá. No lo conocíamos y por eso estábamos muy emocionados. Se dice que cada vez que se visita esta obra de la naturaleza, se descubren cosas nuevas y el misterio crece. Qué buena elección habíamos hecho.

Llegamos a El Boquerón a las nueve de la mañana. Teníamos tiempo suficiente para recorrer tranquilamente cada uno de los rincones de este hermoso lugar. Comenzamos por el puente y con precaución, bajamos por la escalinata y avanzamos por el pasillo de barandal naranja.

Qué emoción se percibe al estar allá sobre la falda del cerro, en el corte perfecto que ha

realizado el agua para abrirse paso. Creo que el agua tiene pensamiento y lo digo por lo que ahí ha hecho. Yo sé que pienso pero nunca podría partir un cerro para abrirme camino, pero en cambio el agua, lo ha hecho. No creo que le haya costado mucho. Yo con mis manos no lo podría lograr.

Llegamos al final del pasillo y ahí dejamos nuestras cosas para poder explorar cómodamente aquella fantástica zona.

Observamos el río que parecía ser una mansa serpiente y que en otros meses se transforma en bramante dragón que embate. Miramos a lo alto. Por la falda del cerro había varias cuevas que nos retaban a explorarlas. De vez en cuando el aire quería asustamos con su potente rugido de gigantesco cañón pétreo.

Conmovidos apreciábamos El Boquerón cuando escuchamos la voz exaltada de nuestro jefe de grupo. ¡Vengan pronto, miren lo que hay aquí! Todos corrimos al lugar indicado y cuando contemplamos aquel hallazgo, inmediatamente mi imaginación voló al pasado, con mi gente, aquella raza que nos dejó un mensaje en sus grabados y que aún no hemos podido descifrar. Mí mente estaba entregada en esos pensamientos cuando escuché que Lucía gritaba: ¡No está Paty! iNo está Paty! Ya la busqué y no aparece por ningún lado.

En ese momento nos lanzamos a la búsqueda, divididos en grupos de cuatro. Lucia, Maríana, Carlos y yo formamos un equipo. Nos tocó por el lado de la cueva más grande. Si Paty, la extraviada, fuera alpinista, sin duda hubiéramos pensado que por ahí se había ido. No necesitamos de tanto tiempo para pensar lo contrario. De repente, vimos que allá en la entrada de la cueva, estaba la ingrata de Paty. Hacía señas y nos gritaba que fuéramos con ella. En un momento pensamos que estaba loca, ¿cómo íbamos a subir si no teníamos lo necesario para hacerlo? Ella seguía insistiendo y nos señaló algo que se hallaba tras unos arbustos. iPor ahí!, nos gritó. Fuimos al lugar indicado y se nos hizo raro observar una escalera de cuerdas. Por aquí subió esta atrevida, manifestó Lucía muy enfadada.

Yo voy a subir pero nada más para darle su merecido, agregó Mariana.

La cuerda se notaba segura y el ascenso a la cueva no se veía difícil. Comenzamos a trepar como verdaderos alpinistas y en poco tiempo ya estábamos reprendiendo a la traviesa de Paty. Ella en vez de molestarse, nos dijo: Déjense de regaños y entremos en la cueva, ya le eché un vistazo y no se imaginan lo que van a observar.

Nosotros le dijimos que avisaríamos inmediatamente a nuestros compañeros para que se tranquilizaran. Ella recalcó que no era para tanto y que sólo tardaríamos unos minutos. No supimos cómo nos convenció.

Lentamente comenzamos a introducimos en la cueva, perdimos la noción del tiempo y de que teníamos serios problemas. Había un fuerte olor extraño, vimos que nuestra presencia asustó a demasiados murciélagos los cuales salieron volando y tuvimos que arrojamos al piso para no salir lastimados. De nada sirvió porque varios animales se prendieron en nuestras ropas y sentí que mordían mi cuerpo. Los fuertes chillidos de esos

mamíferos alados nos aturdían y en mi lucha con ellos pude darme cuenta de que a Paty.

no la atacaban. Mis otros compañeros Lucía, Mariana y Carlos, se retorcían como yo luchando con aquellas criaturas de la oscuridad. De repente, en medio de aquella lucha, escuchamos un fuerte sonido del aire que rugió dentro de la cueva y al instante los murciélagos se fueron. Aturdidos, quisimos escapar de aquel lugar de la manera más inmediata pero no pudimos. En ese momento se iluminó la caverna con una luz muy clara que emitía la lámpara que llevaba Paty. Con esa claridad se podían apreciar grabados

misteriosos en las paredes. Más adentro había una especie de escalinata de piedra por donde empezamos a bajar. Había mas grabados. Al terminar el descenso, estaba una pequeña explanada y en el contorno de ésta, pudimos observar esqueletos humanos. Fue entonces cuando nos agarramos de las manos, menos Paty que seguía al frente dirigiéndonos. Ella se movía por el lugar como si ya lo conociera desde mucho tiempo atrás. Sin duda así era. Lucía, Mariana y Carlos parecían asustados, y por supuesto yo también, aunque aparentaba tomar las cosas con calma. Paty nos hizo señas para seguirla por un pasillo angosto que seguía más allá de la cueva. No teníamos más alternativa que hacer lo que nos pedía. No habíamos avanzado mucho cuando comenzamos a oír el murmullo del agua. Hasta ahí pudimos hablar.

¿Escuchan eso?, les dije a mis compañeros.

Ellos muy entusiasmados me contestaron casi al mismo tiempo con un movimiento

afirmativo de cabeza.

Es un arroyo, dijo Carlos.

A lo mejor ya llegamos a la salida, agregó Mariana.

Lucía esta vez permaneció callada.

Seguimos avanzando con más rapidez hacia el origen de aquel ruido de agua. Conforme avanzábamos, iba disminuyendo la luz de la lámpara de Paty hasta que predominó una total oscuridad. De repente resbalamos y caímos de golpe en el agua, allá adentro de la cueva. Claro y fuerte escuchamos el ruido que hicimos al caer sobre

aquel arroyo subterráneo. Las aguas nos arrastraban a su antojo. Sólo escuchábamos nuestros gritos y el fuerte eco del túnel. El eco era ensordecedor. Estaba aterrado, pensé que era mi fin.

Nuestro martirio en las aguas no duró mucho tiempo, aunque pareció una eternidad, porque de repente las aguas hicieron como un fuerte remolino y salimos impulsados hacia arriba. Observé a mi alrededor y pude mirar a mis compañeros que como yo, nadaban en una amplia posa del río. Paty no estaba.

Salimos a la orilla y claramente podíamos observar las pequeñas heridas que allá adentro de la cueva, nos habían ocasionado los feroces murciélagos.

íbamos a dialogar sobre lo sucedido, cuando a unos pasos aparecieron los otros compañeros y ahí también venía Paty. Tan pronto llegaron empezaron los reproches. Ustedes aquí jugando en el agua y nosotros buscándolos. Primero buscamos a paty y luego a ustedes, ¡ya ni la hacen!, nos dijo el jefe de grupo muy molesto.

No entendíamos por qué nos hablaban así. Sentimos ganas de estrangular a Paty por

lo que nos había hecho y por lo que nos culpaban. Vimos que Lucía, muy furiosa, se lanzó contra Paty, la tomó fuertemente del brazo y la sacudió con la intención de golpearla y le dijo: ¡Por tu culpa! Después de que nos convences a metemos en la cueva, nos abandonas allá adentro y estás aquí paradota tan tranquila.

Paty no sabía qué decir.

¿Qué estás diciendo Lucía? ¡Estás loca o qué tienes!, manifestó el jefe de grupo que para ese entonces ya estaba verde de coraje. ¡Qué cueva ni qué nada! Lo que pasa es que se van por ahí y luego inventan cosas.

¡Sí es cierto!, afirmó Mariana, Paty nos hizo metemos en la cueva, ella misma nos iba dirigiendo y cuando caímos al agua nos abandonó. Entonces intervine complementando lo que habían dicho mís amigas. Carlos solamente repetía un sí a todo lo que decíamos.

Miren muchachos si tratan de tomamos el pelo no lo van a lograr, dijo otro compañero.

Venimos a divertimos en este hermoso lugar y ustedes salen con sus cosas.

Una chica que casi nos golpeaba agregó: Además culpan a la pobre de Paty que ya

mucho la hemos reprendido por lo que hizo.

¿ y qué ha hecho esta inocente palomita?, preguntó Lucía muy enojada.

Sé que me guardan rencor por no avisarles que iba en busca de mis cosas que se me cayeron en el camino, pero no me inventen algo que no hice, respondió Paty a la vez que por sus mejillas rodaron algunas lágrimas.

¿Y los murciélagos? Vas a decir que de eso no sabes nada, interrumpió Carlos enérgicamente. Si bien que te reías de cómo nos estaban atacando y a ti no te hacían daño.

¿ y lo de la cueva?, recalcó Mariana. Por tu culpa nos faltó poco para morir ahogados.

Les juro que en ningún momento me he metido en alguna cueva, mucho menos que yo los haya convencido para hacerlo. No sé por qué dicen eso, contestó Paty.

Miren muchachos, sentenció a punto de explotar el jefe de grupo, ¡yo creo que ya estuvo bueno! De bromas ya se pasaron. Lo que debemos hacer es regresar al camión y otro día que tengan mejor humor, volveremos. Por hoy ha sido todo. iEsto se acabó!

Ya no tuvimos tiempo de presentar las pruebas que teniamos, las heridas de las rodillas que nos hicimos al subir en la escalinata de cuerdas, las marcas que nos hicieron los murciélagos, el agua que tragué por no saber nadar, la ropa mojada y otras pruebas más.

Los cuatro, Lucía, Mariana, Carlos y yo, íbamos hasta atrás de los demás compañeros y temblábamos de frío, tal vez por la ropa mojada o tal vez por otra cosa. Nos mirábamos interrogándonos con la mirada. ¿Qué nos había sucedido? No podíamos hablar porque sin duda esta vez sí nos linchaban los compañeros. El jefe de grupo nos vigilaba muy de cerca. De repente algo me hizo voltear la mirada hacia la cueva que está allá arriba sobre la falda del cerro. Ahí en la entrada, se veía claramente a Paty que nos hacía señas con la mano. Se despedía de nosotros. Rápidamente regresé la vista hacia adelante y me sorprendí más cuando confirmé que en la fila que formábamos al caminar, iba Paty. Nuevamente regresamos a ver la entrada de la cueva y ahí seguía, sí, la otra Paty, sonriente.

Fuente: “Canasta de Cuentos Mixtecos” Senen de Jesús Acevedo

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