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Leyenda de La Laguna de Cuautepec

Laguna de Guadalupe Cuautepec by Compthyter Rojas

Estábamos celebrando la Semana Mayor. En el Jueves Santo, mi familia y yo estábamos preparados para ir al templo a observar las escenas del Lavatorio. Eran las ocho de la noche. Nos dirigimos a la puerta dispuestos a salir, cuando en ese preciso momento sonó teléfono. Mi esposa y mis dos hijas quedaron como guardias paradas en la puerta en lo que yo atendía la llamada.

¡Bueno!, me dijeron.
No reconocí la voz.

¿Estás ahí? ¿No me reconoces? Soy yo, Celestino, volví a escuchar aquella expresión. ¿Celestino?, pregunté titubeante.

¡Sí!, soy yo, ¿no te acuerdas de mí?
En ese momento recordé de quién se trataba.

 ¡Ah! eres tú, Celestino, mencioné sorprendido, discúlpame pero no reconocía tu voz. Cómo lo iba a reconocer por teléfono si ya teníamos buen tiempo sin vernos. Siguió el diálogo. Que si esto, que si lo otro… Hasta que por fin me dijo: iOyes!, me han platicado mucho de la laguna de Cuautepec, ¿la conoces? ¡Claro! La conozco, le contesté anticipando sus intenciones, es un lugar muy agradable ahí encuentras las mojarras más deliciosas. ¿Te parece bien que vayamos este Sábado de Gloria?, me dijo. Yo acepté la invitación de mi gran amigo y acordamos que él se comunicaría con Juan, otro de nuestros buenos camaradas. Nos veríamos el sábado a las seis de la mañana en mí casa. El sábado, a la hora señalada, llegaron mis dos amígos y emprendimos el viaje hacia Cuautepec. Llegamos a las siete y media de la mañana. La laguna a esa hora es un manto azul que con los primeros rayos de sol, descubre una gran cara transparente con hermosos cabellos rubios o verdes. Conforme sube el sol, cambia el tinte del agua.

Adaptamos nuestro campamento por el oriente de la laguna, pusimos todo en orden, desayunamos y descansamos un buen rato en la orilla observando aquella obra de la naturaleza. A las doce del día ya contábamos con una lancha y en ella todo lo necesario para pasar buen tiempo laguna adentro.

No había hora indicada de regreso. Sería una larga jornada de pesca. Don Matías, el señor que nos prestó la lancha, nos recomendó mucho que no fuéramos a acercarnos al centro de la laguna, pues es ahí donde pasan cosas raras. El dijo que en ese lugar varios pescadores han visto a un pez gigante, otros se han encontrado con un niño que flota en el agua y algunos han escuchado cantos extraños. Él también nos mencionó que ahí desaparecieron varias personas que intentaron averiguarlo.

Nosotros como es de suponerlo, escuchamos atentos aquellas recomendaciones y no reímos porque vimos que el señor no se reía. Un señor y un niño, que nos recomendó don Matías, se quedaron a cuidar nuestro campamento.

Nos fuimos introduciendo en la laguna y lejos del centro comenzamos a utilizar nuestras cañas de pescar. Ahí estuvimos horas y horas y nada. Ningún pez. Como si todos los peces hubieran huido al vemos.

No es el momento apropiado para pescar, dijo Juan. A lo mejor por la Cuaresma pescaron más de lo debido, repliqué. Se me hace que no tenemos suerte para esto, mencionó Celestino.

Así, con nuestros comentarios, que si no era el momento apropiado, que si la pesca excesiva, que si la mala suerte…, comenzó la noche. Sin duda, no regresaríamos con las manos vacías. Eso estaba propuesto.

Celestino, el más ocurrente, manifestó: Oigan y si nos acercamos más al centro o, más bien, si vamos a ese lugar, ¿qué nos puede pasar? No me digan que tienen miedo y creyeron en lo que nos dijo don Matías. iMiren!, cómo estoy temblando… ¡Vamos!

Yo lo miraba fijamente a los ojos y observaba sus movimientos de incredulidad. No agregué más por el momento. Juan mencionó: Pienso que ese señor nos quiso asustar para que no pesquemos en ese lugar porque de seguro ahí se halla lo bueno, ¿qué dicen ustedes?, vamos o qué.

iPues vamos!, dijimos todos.

Creo que también coincidimos con el pensamiento. No íbamos a creer en cosas que dice la gente. Y ahí vamos rumbo al centro de la laguna. Yo remaba, Juan arreglaba la lámpara de mano que tenía alguna falla y Celestino tarareaba una vieja canción.

Nuestra pequeña lancha ya había recorrido buen tramo, cuando escuchamos que alguien silbaba con fuerza. No pensamos que se dirigieran a nosotros. El silbido insistía una y otra vez hasta que Juan, señalando hacia la orilla nos dijo:

iMiren allá! Alguien nos hace señas.

Observamos al lugar indicado y ahí estaba alguien parado sobre una roca haciéndonos señas con un sombrero. Eran como las nueve de la noche y la luna reflejaba una luz clarísima. Nos dirigimos hacia aquella persona y no muy lejos nos detuvimos. Era un niño el que nos llamaba, que tendría como unos siete u ocho años y no se trataba del niño que cuidaba en la orilla nuestro campamento.

¿Quién será?, les pregunté a mis amigos.

Sin darles tiempo de contestarme, el niño nuevamente movió su sombrero diciéndonos casi gritando: iNo vayan al centro de la laguna!, ¡no lo olviden!, ¡no vayan!

Dio la vuelta y se fue brincando sobre las piedras de la falda del cerro. Vestía ropa blanca, tan blanca que parecía fluorescente.

A qué don Matías, sigue de necio, en son de broma declaré a mis compañeros, no quiere que vayamos a ese punto y por eso ha mandado a su hijo para advertimos, de seguro nos ha estado observando todo el tiempo yeso es bueno pues tenemos vigilancia.

Seguimos de necios. No hicimos ningún caso a las advertencias de aquellas personas.

Eran como a las diez de la noche y el tiempo se nos estaba yendo muy rápido en ir de aquí para allá, pero todo resultaba tan divertido que no sentíamos el transcurrir de los minutos.

Llegamos al centro de la laguna. Sentimos un aire diferente. Sería porque inconscientemente estábamos pensando en las advertencias de don Matías y del niño aquél. Los tres nos miramos a los ojos como aceptando la situación y anteponiéndonos el reto, nos encogimos de hombros y reímos forzadamente.

Desde ese lugar, las cosas se ven, se sienten y se escuchan diferentes. El aire no es igual, todo se observa como fluorescente, como la ropa del niño que nos estuvo silbando; los sonidos son extraños… Ha de ser porque hacen eco con el agua, no me lo explico. Son sensaciones no experimentadas antes. Casi estoy seguro que los tres sentimos lo mismo porque nos mirábamos de frente y no articulábamos nada.

Recordamos el hambre, la sed, el sueño, la familia. Miramos al cielo, ahí estaban las estrellas, ahí estaba la luna, dos o tres nubecitas nadaban como nosotros en la laguna. Lo raro es que esas sensaciones no se olvidan. Después de varios minutos hablamos y escuchamos a lo lejos, por donde están las casas del pueblo, los sonidos inconfundibles de algunos aparatos radiofónicos; cada radio en estación diferente, como si esos aparatos no estuvieran tan lejos porque su sonido era claro pero delgado y bajito.

Se veían las luces amarillas de los focos, como luciérnagas quietas, y de vez en cuando ladraban los perros, unos iniciaban por un lado y otros respondían por el otro como si se estuvieran comunicando en cadena. No sabíamos por qué ladraban, cómo lo íbamos a saber si estábamos tan cerca y a la vez tan lejos. De repente aquellos perros cambiaron su forma de ladrar y empezaron a aullar lastimosamente como si lloraran. Mi abuela me decía que cuando lloraban los perros iba a pasar algo malo, lo creía de niño pero en ese momento yo no sabía qué pensar.

Los perros dejaron de aullar, ya no se escuchaban los radios y se apagaron algunas luces de las casas. La luna ya había recorrido las tres cuartas partes de su camino. Nuestras cañas estaban en acción. De repente, Celestina dio un fuerte tirón y gritó: ¡Ya lo tengo!, ¡hasta que por fin!

Rápidos nos dispusimos a ayudarle pero nos hicimos bolas pues la lancha era angosta. iCreo que es un pez muy grande!, emocionado seguía gritando Celestina.

Continuaba tratando de capturar a su codiciada presa y con mucho esfuerzo logró sacarla del agua. Lo que sacó, difícilmente lo olvidaremos. Era grande, gigantesco, un pez jamás visto en alguna laguna de por acá. Con los movimientos bruscos que hacía, se miraba lo plateado, lo raro. Lo que pasó después no me deja dormir muchas veces y a mis amigos y a mí nos hizo visitar días después, a un psicólogo reconocido. El gigantesco pez dejó de moverse y de su ser salieron palabras que jamás olvidaré:

“No me lastimen más, soy el espíritu de la laguna. Hace muchos años cuando esto se convirtió en lo que es, yo era un niño y vivía acá abajo, vivía solo, el cerro bramó muy fuerte y todo se empezó a inundar; las demás personas del lugar se escaparon y yo no pude hacer lo mismo, estaba enfermo. Todo se cubrió de agua y desde entonces mi espíritu ronda por este lugar. He ahuyentado a muchos que se acercan para molestarme, a otros los protejo y a ustedes los vi tan decididos y tan ingenuos, que decidí prevenirlos para que no se asustaran. Yo soy el niño de blanco, el que apareció en la orilla y… ¿saben qué?, todos los Sábados de Gloria me transformo en niño y juego, hago algunas cosas buenas, también hago travesuras y el tiempo que queda, me convierto en pez. Ustedes me devolverán al agua para seguir siendo un niño en los Sábados de Gloria y un pez por el resto del año, por el tiempo que viva la laguna, por el espacio que abarquen sus aguas”.

Celestina ya había soltado la caña y los tres estábamos hincados, muy quietos, boquiabiertos, temblando. Yo tenia los pantalones mojados, no supe con qué me mojé. Vimos que el pez fue cambiando de forma. Sus aletas lentamente se transformaron en brazos y piernas, sus ojos se sumergían en sus órbitas, las escamas azuladas de su cabeza se convertían en cabellera y las escamas plateadas se transfiguraban en vestidura de tinte luminoso. Aquello iba tomando la figura de un niño vestido de ropa blanca, muy blanca, como fluorescente. Flotaba en el agua y se fue elevando lentamente y nos hacía movimientos con su mano como si se despidiera de nosotros..

Fuente: “Canasta de Cuentos Mixtecos” Senen de Jesús Acevedo

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