La Presa Yosocuta

La Presa Yosocuta

La presa Yosocuta, según la temporada, viste a sus aguas con colores distintos, a veces transparentes como un amplio cristal, otras azules como el cielo, algunas tan verdes como la primavera y hay ocasiones que les da un tinte canela. Con ese fluido se riegan muchos terrenos y se abastece gran parte de la ciudad de Huajuapan. Esta laguna artificial encierra grandes misterios ya que sus aguas bañan el antiguo pueblo de San Francisco y que ahora se halla a un lado. En esta presa han muerto algunas personas que han retado el remanso de sus invencibles aguas.

El primero de noviembre, fecha en que se celebra el día de Todos los Santos decidí visitar este lugar en compañía de mi amigo José Luis y mi prima Teodora. Llegamos a las doce del día, nos dirigimos inmediatamente a contemplar sus azules aguas; después de observar la presa, hicimos algunos comentarios acerca de ella, posteriormente fuimos a uno de los restaurantes del lugar y nos dispusimos a saborear una deliciosa mojarra que en nada igualan las de otros lugares. En la mesa de junto, se hallaban tres turistas, dos mujeres y un hombre, al parecer eran asiáticos por su inconfundible aspecto físico.

Nuestros vecinos de mesa terminaron de comer casi al mismo tiempo quenosotros.

Nos despedimos haciéndoles un ademán de provecho y ellos, amablemente correspondieron nuestro saludo.

Ya fuera del restaurante, aquellas personas se acercaron a nosotros y pronto supimos que dominaban muy bien nuestro idioma, nos dijeron sus nombres, el del muchacho Kim y las chicas Karen y Yang. Su país de origen era Corea del Sur. Después de platicar un buen tiempo, nos dimos confianza y José Luis se acercó más a Yang y yo sentí una fuerte atracción por Karen. Por lógica, Kim y Teodora no fueron la excepción. Como si lo hubiéramos planeado ya teníamos tan singular compañía. Por un momento ellos hablaron en su idioma y en seguida nos invitaron a realizar un recorrido en lancha, con gusto aceptamos inmediatamente.

Salimos a dar el paseo por la presa y el experto lanchero nos condujo a la Isla del Amor, a la Compuerta y a todos los lugares posibles. Dispusimos de buen tiempo para el recorrido. Cómo no íbamos a tomarnos todo el tiempo del mundo si estábamos muy a gusto con nuestra pareja. Yo ni por un momento me alejaba de Karen. Los otros hacían lo mismo.

Los dúos iban tan unidos en la lancha que no sentíamos ni el aire húmedo que rebotaba en el agua. Las manos de Karen no estaban frías, estaban tibias como tibio estaba mi corazón por palpitar más rápido. Antes mi corazón estaba frío. Ella con su cabeza en mi hombro observaba con sus ojos rasgados el horizonte de mi tierra. Yo jamás había visto tan cerca unas perlas así. Son lindas, como linda es la piel de las coreanas que parece porcelana tibia.

En el trayecto, nuestros amigos coreanos nos hicieron una proposición que nos pareció maravillosa. Nos invitaron a bucear por la noche, dijeron que ellos traían todo lo necesario para hacerlo y que sin más entrenamiento que unos cuantos minutos, servirían para que nosotros, que nunca habíamos buceado, lo hiciéramos muy bien. Después salimos a la orilla y nos alistamos para tan extraordinaria proeza. El lanchero nos miraba con desconfianza y creo que pensaba que éramos unos locos, pero cuando Kim le dio un billete de varios dólares, cambió su semblante manifestándonos que contáramos con su apoyo y que juntaría a otros amigos para lo necesario. Así lo hizo. En lo que nosotros nos
alistábamos para la hazaña, el lanchero buscó a varios amigos y se pusieron a nuestra disposición.

Con la excelente cátedra de buceo y los más modernos equipos, no fue difícil asimilar los conocimientos necesarios para aquella misión. No cabe duda que nos gustaban las emociones fuertes o de plano no sabíamos lo que hacíamos.

Ya listo nuestro equipo nos dirigimos a las lanchas que esta vez llevaríamos en nuestra aventura. Eran a las ocho de la noche. Recuerdo que varios niños que jugaban en la explanada empedrada del lugar, al vernos, se acercaron curiosos, nos siguieron embobados hasta nuestras pequeñas embarcaciones y los lancheros les dijeron que no éramos otra cosa más que unos buzos extranjeros. ¡Qué buzos extranjeros ni qué nada!, por lo menos lo digo por José Luis, Teodora y yo. Nuestros amigos coreanos sí lo eran. Esa noche se corrió la voz por el pueblo de que habían llegado a la presa seis buzos extranjeros.

Nos subimos a las barcazas y en el punto indicado para sumergirnos, recibimos las últimas indicaciones. A las nueve en punto iniciamos nuestra máxima aventura. Nos desprendimos de las lanchas y ya en el agua, Karen me tomó de la mano como a un chiquillo y observé que lo mismo hizo Yang con José Luis y Kim con Teodora.

Los potentes reflectores que llevábamos en la frente fueron encendidos cuando llegamos al fondo de la presa y con su magnifica luz se iluminaba una buena parte del lugar que recorríamos. Claramente se veian las burbujas que se desprendían de nosotros al respirar, como también los ojos rasgados de nuestros acompañantes. Yo no sentía frío por tener a Karen a mi lado y porque estaba experimentado algo extraordinario. En ese momento recordé cuando era niño y mi mamá me llevaba de la mano a la ciudad. Allá abajo del agua de la presa no somos los mismos, tal parece que somos otros, pues dejamos de pensar en lo que siempre pensamos y a nuestra cabeza llegan otras cosas.

Seguimos avanzando tranquilamente en busca de las ruinas del antiguo pueblo de San Francisco que se quedaron sumergidas en el fondo de la presa. ¡Ahí estaban! [Iodavía habia huellas del pasado!

Nos acercamos a los restos de lo que fue el templo y lo observamos por varios minutos.

Reinaba un completo silencio que hasta llegué a escuchar los latidos de mi corazón. Eso me hizo estremecer por algunos segundos y mi vista se nubló brevemente. De pronto sucedió algo que jamás oividaremos: Sentimos una fuerte presión en nuestro cuerpo y un sonido extraño llegó a nuestros oídos. No supe en qué momento abracé a Karen.

La imagen de las ruínas del antiguo pueblo que teníamos en frente, había cobrado vida. Nos vimos junto a casas de piedra y adobe. El templo se veía tan firme con su cruz de madera en lo alto. Observamos a varias personas, adultos y niños que corrían como espantados, cuando los asustados éramos nosotros. Parecía que gritaban pero no se escuchaba lo que decían. Alguien se acercó a nosotros y por el movimiento de su boca observamos que decía algo que no escuchamos. A Kim le entregó un sobre.

Aquellas personas se veían cansadas y tristes como si estuvieran enfermas. En seguida todo se desvaneció en la obscuridad de las aguas que, ya para entonces, nuestros reflectores no podían dominar.

Los seis estábamos inmóviles. José Luis, Teodora y yo teníamos los ojos muy abiertos, a nuestros amigos coreanos no se les notaba mucho lo de los ojos, pero sí se veían asustados porque nos pusieron adelante de ellos como si fuéramos sus escudos.

Volvimos a sentir lo mismo, el ruido en nuestros oídos y la fuerte presión sobre nuestros cuerpos. Sin más espera, a la señal de Kim todos ascendimos rápidamente del agua.

Llegamos a las lanchas y pedimos a los lancheros que se dieran prisa para llegar a la orilla. Al salir de la presa, nos dejamos caer, los lancheros siguieron con sus preguntas que si esto, que si lo otro … decidí hablar, les conté lo sucedido en el fondo de la presa y sólo esperaron a que terminara de hablar para que soltaran una gran risa que me hizo parecer como un idiota.

IMG_0790 (Copy)Hablaron mis compañeros, tampoco les creyeron, se seguían riendo y nos miraban burlonamente. En eso estábamos cuando se acercaron varios señores y con ellos venía un anciano. Nos dijeron que habían estado al pendiente de nosotros por si algo se ofrecía. Los lancheros, que para entonces ya nos habian tomado cierta confianza, dijeron a los recién llegados lo que les habíamos contado. Creo que lo hicieron con la intención de que también se rieran de nosotros. El anciano escuchó muy atento y nos pidió que por favor fuéramos nosotros los que relatáramos lo sucedido. Nuevamente detallé mi historia y conforme lo hacía, mis compañeros afirmaban lo dicho con un sí o un movímiento de cabeza.

Al terminar la narración, el anciano dio por cierto lo que dije, afirmó que en realidad así como había descrito el pueblo, así fue y que él lo recordaba muy bien, entonces nuestro amigo Kim les mostró lo que le habían entregado allá en el agua y hasta ese momento supimos que el sobre contenía una fotografía. El anciano la observó detenidamente y después, con sus ojos muy abiertos, le lanzó una mirada extraña a cada uno de nuestros amigos. En seguida se las mostró a los demás, ésta vez no rieron, se miraron unos a otros y entonces sí que se sorprendieron. Los vimos que se santiguaron, se sacaron sus sombreros, uno que llevaba gorra también se la sacó; entonces pudimos ver con detalle la fotografía: en ella estaban plasmados tres jóvenes, dos mujeres y un hombre que portaban traje de baño y gafas obscuras.

Aquel anciano con su gente nos pidieron la fotografía a la vez que nos dijeron: “Son unos jóvenes que se ahogaron en la presa el año pasado, los recordamos muy bien … cómo no los vamos a recordar”.

Exaltados se despidieron y muy a prisa se marcharon. Nosotros atónitos y mudos volvimos lo más rápido posible al vehículo de nuestros amigos coreanos; después, sin hablar de aquel asunto, regresamos a la ciudad. En el trayecto no comentamos lo sucedido en la presa. Sólo hablábamos de nosotros. Desde que subimos al automóvil nadie soltaba a su pareja, incluso Kim que era el conductor traía muy cerca a Teodora.

Aún en el cómodo auto por un momento sentí frío, cuando pensé en qué seria de mí si ya no viera a Karen, rápidamente la abracé. No quería perderla. El vehículo ya no avanzaba. Estaba detenido bajo las sombras de unos sabinos. No muy lejos se veía la luz de la luna. Nuevamente volví a sentir la suavidad de un cuerpo de porcelana tibia. Ella me dijo palabras que germinan en lo más escondido del corazón y que es imposible sacarlas de ahí. Yo también le dije algo que brota de lo más oculto del sentimiento. No sentimos en qué momento llegamos y qué tiempo habíamos permanecido sin darnos cuenta.

Teníamos que despedirnos esa noche y acordamos en reunirnos al día siguiente a las once de la mañana. Quedamos de vernos en el zócalo de la ciudad. Habíamos hecho planes. Un gran proyecto de vida.

Al otro día a la hora señalada, José Luis, Teodora y yo, acudimos puntuales y emocionados a la cita. Esperamos mucho tiempo. En seguida dimos vueltas y vueltas por el zócalo y nuestros amigos no se presentaron. Decidimos visitar el hotel, donde los dejamos esa noche, para preguntar por ellos. Nos dijo el encargado que a él le tocaba el turno del día y que no sabía nada. Ya muy tarde, tristes y decepcionados por no ver a nuestros amigos, decidimos despedirnos e irnos a casa. Por la noche volvimos al hotel y para mala suerte, el comisionado de ese turno era nuevo y no supo responder nuestras preguntas. Quiso apoyarnos revisando las hojas de control, pero para colmo de males, la hoja de datos de la noche anterior había sido desprendida. Sólo trocitos de papel eran mudos testigos de lo . que hubo ahí. En ese momento observé que junto a un calendario se hallaba una fotografía. Solicité permiso para verla bien y el encargado del hotel amablemente me la mostró. Mis amigos se acercaron para observarla. Sonreímos alegremente al apreciar que los del retrato eran Kim, Yang y Karen. Estaban en traje de baño. En ese momento sentí un fuerte frío, como si alguien me hubiera arrojado agua helada. La ropa de nuestros amigos era idéntica a la de los tres jóvenes de la fotografía que vimos en La Presa.

Fuente: “Canasta de Cuentos Mixtecos” Senen de Jesús Acevedo

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