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La Peña Rajada

En el cerro de La Soledad, a un lado de la ciudad de Huajuapan de León, en la Región Mixteca está La Peña Rajada.
En ese lugar hace muchos años vivió un personaje muy especial relacionado con sucesos muy importantes que voy a narrar y que con el solo recuerdo, la piel se me pone de gallina y siento que un escalofrío recorre mi cuerpo y no dejo de encomendarme al santo de mi devoción.
En aquella noche que no olvidare jamás, estábamos cenando mi familia y yo; eran como a las nueve de la noche, cuando El Tigre, El Sapo y La Bala, mis perros, comenzaron a ladrar con insistencia. Mi abuelo con el bocado en la boca tomo el machete que estaba junto a la puerta y envalentonado salió a preguntar quién era. Yo como siempre, pegado junto a mi abuelo, pues nunca me separaba de él, abría los ojos más de lo debido y masticaba un trozo de taco, por poco y me atraganto, lo recuerdo bien. Por ese entonces tenía yo como siete años, Lo que mis perros veían era a don Pascual que traía un leño en la mano y que al oír abrir la puerta y ver a mi abuelo, sin saludarlo le dijo: Luis, Luis… vengo a que me des un auxilio pues creo que a mi ganado lo acaba de atacar el coyote. Hace rato, terminando de cenar, salí a ver a mis vacas y fíjate que a todas las encontré tiradas en el suelo, muertas, y lo más raro es que no tienen cabeza. Casi gritaba.
Vamos a ver qué pasa, dijo mi abuelo.
Después de avisar a la familia, nos dirigimos a la casa de don Pascual. Yo como siempre, de “pegado”.
Allá también los perros estaban alborotados. En el lugar de las vacas muertas ya se encontraban como veinte personas, todas alrededor, no sé cómo se juntaron tan rápido. La gente en un pueblo pequeño es muy atenta o muy curiosa.
Las siete reses se veían horripilantes, no se me olvida. Unos pensaban igual que don Pascual, diciendo que el causante de la muerte de aquellos animales era un coyote hambriento, otros hablando fuerte decían que se trataba de un nagual y don Pancho, el más imaginativo, aseguraba que aquello era obra de los extraterrestres. Todos opinaban, hacían suposiciones, pero la verdad, en ese momento nadie la conocía. Cuando dijeron que se trataba de un nagual, todos nos persignamos y dona Petra, la esposa de don Pascual, comenzó a rezar en voz alta. No olvido la cara que pusimos cuando dijeron extraterrestres. Todos azorados y como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, lanzamos nuestras miradas a las estrellas y buscamos como locos el vuelo de alguna nave. Mi abuelo nos hablaba mucho de extraterrestres. Más o menos yo sabía de qué se trataba. Parecía que todos los luceros se movían y alguien grito: iAlla van!
Miren de seguro es aquello, dijo otro señalando al cielo.
Nos hicimos bolas y no sabíamos cuál era, como lo íbamos a saber, ahora lo comprendo.
Con nuestras suposiciones nos pasamos buen rato. Digo nuestras, porque yo también suponía algo, pues por mi mente cruzaba la idea de que se trataba de El Destripador, un asesino que cansado de descuartizar a las personas, ahora les iba a cortar las cabezas a las vacas. Que lejos estaba yo de la verdad. Ojalá hubiera sido eso!
Después de hablar mucho y haber tornado cate caliente, nos retiramos como olvidando el asunto.
A la noche siguiente sucedió algo peor, a las veinte cabras de don Lucas también les cortaron la cabeza y esta vez se tomaron las cosas más en serio. No era para menos. Nos reunimos en aquel sitio e inmediatamente la autoridad tomó cartas en el asunto, se rastreó el lugar para encontrar algún hallazgo relacionado al caso y nada. Ningún rastro.
Las suposiciones continuaron y esta vez llegaron más lejos. No había duda de que se trataba no solo de un nagual, sino de varios y mucho más salvajes que otros conocidos o por conocer. Se debería hacer algo.
La autoridad convoco a todas las personas para que al día siguiente, lo más temprano posible, se reunieran en su oficina. Así se hizo. Todas las personas del pueblo nos reunimos, responsables y curiosos, adultos y chamacos entrometidos. Cada quien hacia su bolita, platicaban del asunto a su manera, los grupos hablaban muy fuerte y hubo más persignadas que en un rosario.
Llego don Apolonio, la autoridad, inicio la asamblea y el asunto fue como protegerse de aquel demonio, animal o lo que fuera. Se llegó al acuerdo de que en esa noche rodearían el pueblo, en parejas se apostarían en el lugar indicado a las ocho de la noche y llevarían las armas que tuvieran; eso sí, sin faltar alguna cruz, escapulario, cadena de oro o rosario por si acaso se trataba de El Maligno. En el momento en que viéramos llegar al Corta cabezas, fuera lo que fuera, daríamos alguna señal para que todos se dirigieran al sitio indicado y acabaríamos de una vez por todas con la vida de aquel extraño ser.
Todos ya estábamos en el lugar indicado a las ocho en punto; esta vez no quería ir con el abuelo pues era la primera ocasión en que mi miedo pudo masque mi curiosidad, pero me fall6, mi abuelo casi me llev6 a la fuerza diciéndome que siempre me había portado como todo un valiente y que ahora iba porque iba, y demostraría a todos que yo era el orgullo de la familia. iAh que mi abuelo! Si hubiera sabido que yo solamente lo acompañaba por curiosidad, de seguro me hubiera dado una tunda que mejor ni pensarlo.
Esta vez, y era raro, no ladraban los perros en el pueblo, pues no había perros más escandalosos que los de mi tierra y los míos eran los primeros. Los conocían bien, no cabe duda; esto hacia más nerviosas a las mujeres, que con la puerta bien segura, cuidaban a sus hijos con el “Jesús” en la boca y que a cualquier ruidito los persignaban y rociaban con agua bendita la puerta.
Para esa cacería, don Pascual fue pareja de mi abuelo.
Luis, ¿no se te hace raro que no ladren los perros?, casi en silencio le pregunto aquel señor a mi abuelo.
Yo también estaba pensando en lo mismo, contesto el abuelo.
Y qué decir de mí, yo tenía buen rato pensando en lo mismo. Coincidíamos. No se escuchaba nada ni se veía nada a normal. Ninguna señal. Por dentro deseábamos que así fuera toda la noche y así fue. Si no había nada nos reuniríamos todos en la oficina de la autoridad a las cinco de la mariana. Nuestro guía seria El Atolero, un lucero que servía de reloj a nuestra gente. Para los despistados, y quien no lo iba a estar aquella noche, dejarían su puesto cuando repicaran las campanas del templo de Huajolotitlan, antes del amanecer.
Llegamos a la oficina de la autoridad a la hora indicada. Mi abuelo era muy puntual y conocía muy bien a su amigo El Atolero. Recuerdo que vi doble, dos Atoleros, y no los vi de miedo, sino de desvelo. Ya eran tres noches de dormir mal y quien me lo mandaba, todo por hacerme el valiente. Creo que me dormía parado. Sentía como chile en los ojos y abría la boca más de lo debido. Don Pascual, que estaba cerca de mí, saco de su morral un pan duro, me lo dio y me dijo: Pobrecito, ya debes tener mucha hambre.
Si supiera. Tome el pan y ya no tuve fuerzas para morderlo. Me senté en la banca y me dormí.
Mi abuelo me despertó y nos fuimos para la casa. Ya habían acordado que esa noche tambien vigilarian en el mismo sitio que la noche anterior.
Descansamos el resto del dia. Yo desperte como a las cinco de la tarde. Ya obscuro, nos dirigimos a nuestro puesto y alla nos volvimos a reunir con don Pascual que esta vez llevo a su nieto, mas o menos tenia la misma edad que yo. Todos estábamos muy confiados pues la noche anterior no había pasado nada anormal.
El tiempo transcurría lentamente y ya muy noche, me imagino que serían como a las doce de la noche, cuando comenzaron a repicar alocadamente las campanas, serial de que algo malo estaba sucediendo. Como locos corrimos al templo y ahí se hallaban muchas personas. Todas asustadas. Ya lo estaban desde antes. Doria Martina daba muchos gritos y no se sabía si lloraba o hablaba. Ya más calmada se le entendió lo que dijo: iVamos pronto a mi casa! Mi marido está muerto en el patio.
Aquella mujer se desesperó nuevamente, esta vez luego se repuso y continuó: iNo
tiene cabeza! iTambien se la cortaron!
¿Cómo que no tiene cabeza?, pregunto muy sobresaltado don Apolonio, la autoridad. Alguien se la cortó, contesto dona Martina.
Pues con razón hoy no estuvo con nosotros en el cerro, dijo rápidamente don Lucas, se me hizo raro que Nico no llegara, siempre nos seguía, pobre, aunque lo hacía solo por su traguito.
Sin más comentarios todos nos dirigimos de prisa a casa de doña Martina. Llegamos abriendo la boca de lo recio que caminamos. Inmediatamente rodeamos el cadáver de don Nicolás.
Aclaro que para entonces ya me había armado con algo de valor y no es porque recuperara mi valentía, sino porque ya no me quedaba otra alternativa.
Se veía más espeluznante que las vacas y las cabras. Claro! Esta vez se trataba de alguien como nosotros. Una persona.
Aunque don Nico era un pobre borrachito del diario, un perdido, según la gente, no se merecía esta muerte. Recuerdo que muchas veces lo vi tirado en la calle o en el Camino Real y que su única familia era dona Martina. Dicen que no pudo tener hijos por borracho. Eso yo no lo sé ni creo que alguien lo sepa. Ahora estaba tirado ahí sobre el patio. Sin cabeza. Se vela muy feo. Su cuerpo estaba como torcido. La camisa que siempre traía y que no se sabía de qué color era por la mugre, ahora estaba roja pues tenía mucha sangre. Pobrecito.
No me soltaba de mi abuelo ni por un momento. Yo tenía miedo. Nuevamente observe que la autoridad anotaba algo en unos papeles y alrededor se escuchaba un enredo de palabras. Creo que en aquel momento hablaban de que se trataba de un castigo divino, no escuché bien. Lo cierto es que a la noche siguiente se repiti6 la misma estrategia de rodear el pueblo y esta vez vino gente de Huajuapan. Ahora se contaba con más personas apostadas y mejores armas. Sin duda atraparíamos al Corta cabezas. Yo no quitaba el dedo del renglón. Seguía pensando. Ahora, con lo de don Nico, casi me parecía asegurar que de un momento a otro atraparíamos El Destripador convertido en El Descabezador.
No olvido aquellos momentos. Era la media noche cuando por el río sonaron muchos balazos, la señal esperada. Corrimos hacia allá pero no llegamos lejos. Con la luz de la luna vimos que se acercaba volando algo gigantesco; hacía mucho ruido como si solo se sostuviera en el aíre con un ala. Era grande como una persona adulta que volaba y cuando estuvo allá arriba, por encima de nuestras cabezas, el señor que vino de Huajuapan y que era compañero nuestro esa noche, disparó su arma, pero aquello era cosa del otro mundo. Las balas no le hicieron daño porque no se desplomó y siguió volando hacia más arriba del cerro. Dejó caer sobre nosotros una bola que al chocar con el suelo rebotó como coco de agua. Sonó hueca. Mi abuelo sacó rápidamente su lámpara de mano para aclarar más la luz de la luna y cual fue nuestra sorpresa, iSe trataba de una cabeza humana!
Recuerdo que grite muy fuerte por el susto y si mi abuelo no me detiene, me desplomo. De la boca de mi abuelo salieron groserías que decía cuando estaba enojado o asustado. El otro señor también dijo algo.
Sin aliento y sin decir más, permanecimos inm6viles hasta que llegaron corriendo las demás personas. Ya era un escándalo. Atinadamente todos coincidimos en que debíamos seguir a aquel animal. Las personas que les tocó vigilar más arriba del cerro vieron que aquel ser se había metido a la Peña Rajada. Lo vieron bien. Y ahí vamos para arriba procurando de no hacer el menor ruido para no espantar al animal. Unos señores se quedaron vigilando a la cabeza que cayó en aquel lugar.
Llegamos a la Peña Rajada. La rodeamos y todos apuntaron sus armas a la abertura de la gigantesca roca. Alguien tenía que asomarse en el boquete. Con mis dedos hacía changuitos para que mi abuelo no fuera a tomarse la molestia de anotarse. Para mi sorpresa, ni changos ni nada me valieron… ahí está hablando el abuelo! “Yo voy”. Dijo con voz segura. Tan envalentonado como siempre. Y ahí va el rabo, pues no me quedaba mucho de donde escoger, ya que si me quedaba con las otras personas, al salir aquel animal de seguro se echarían a correr y no se iban a preocupar por mí. Era mejor seguirá l abuelo.
Llegamos a la boca de la abertura de la piedra. Nos asomamos. Al fondo se veía luz. Comenzamos a entrar y atrás de nosotros venia más gente valiente. Esto nos dio más valor. Seguimos avanzando, la luz aumentaba, giramos a la izquierda, no muy lejos se encontraba una parte algo ancha de la cueva y en ese lugar en el centro habla un cazo como el que se utiliza para freír mucha carne. Salía vapor de aquello. Había antorchas encendidas alrededor y muchos cráneos le daban un aspecto macabro al lugar. Creo que los cráneos eran de animales y de personas. Ya no pude verlos bien. Más al fondo seguía la cueva y de seguro aquel ser se había ido por ahí. Había sangre seca y fresca en el suelo.
Regresamos afuera tan silenciosos como habíamos entrado. Comunicamos lo que habíamos visto. Unos siguieron apostados con sus armas preparadas y otros se fueron a recoger leña y pasto seco que abunda en el lugar. Se cubrió la entrada con lo recolectado y se prendió fuego. Era la trampa que necesitábamos para atrapar al malévolo ser.
La puerta de la cueva se convirtió en un infierno. Aquel animal o lo que fuera resistió mucho pues no salía, Ya casi se terminaba el fuego cuando escuchamos un terrorífico aullido. Apareció, dentro de las llamas y el humo, el horripilante ser. Era monstruoso. No quiero describirlo porque todavía me quita el sueño. Aquello gritaba, aullaba y se retorcía quemándose. A nuestra nariz llegaba un olor a carne y azufre quemados. La figura de aquel ser se fue desvaneciendo en medio de ese pequeño infierno. Cada vez aullaba menos fuerte. Como eco débil.
Todo había terminado. Por lo menos eso pensamos. Nadie hizo algún comentario. No creíamos lo que nuestros ojos habían visto. Como autómatas comenzamos a bajar del cerro. De vez en cuando volteábamos a mirar con incredulidad a La Peña Rajada. Llegando al rio, escuchamos a lo lejos un fuerte aullido y sentimos escalofrío. Apresuramos el paso hacia nuestras casas. Ya era de madrugada.
Cuando llegamos, los perros al vernos corrieron asustados, afuera de la casa había una cubeta con agua bendita, una botella de aguardiente, ramas de hierbas de aire, santos y cruces. Mi abuela nos veia desconfiada desde la ventana. Nos dijo que nos quitáramos el mal aire con lo que había puesto afuera. Así lo hicimos. No entramos en la casa. Nos dispusimos a dormir bajo el mezquite.
De pronto, volvimos a escuchar un fuerte aullido y un potente aleteo.
Fuente: “Canasta de Cuentos Mixtecos” Senen de Jesús Acevedo

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