Descubre La Mixteca
Descubre La Mixteca es una pagina con el objetivo de compartir tradiciones, cultura, sitios de interes y noticias de la region.

La Leyenda Del Yucunitza

Era una noche fresca y se sentía correr el aire. Mi familia y yo, salimos de la casa a refrescamos un poco y aprovechamos la ocasión para cenar en el patio. Estábamos a medio comer cuando mi hermana menor alzó su mano y señalando al cielo nos dijo: “¡miren!” Inmediatamente todos observamos al punto indicado y observamos que sobre el cerro Yucunitzá caía una bola de fuego.

La cosa aquella era como del tamaño de una pelota de fútbol. Se desprendía del cielo a una velocidad moderada, dando la impresión de que se iba a estrellar sobre la cima del cerro pero cuando llegó al suelo, sólo salió un resplandor pequeño y no hubo ningún ruido. Nosotros estábamos a una distancia considerable, más allá del pie del monte. Nos hicimos preguntas sobre aquello y nadie sabía la respuesta. Unos decían que se trataba de una estrella fugaz, mi abuela decía que era un pedazo de cola de cometa, mi abuelo dijo que tal vez aquello era un ovni y nosotros los niños decíamos incoherencias. No dejaba de pensar en lo que había caído del cielo aquella noche. Al dia siguiente como de costumbre fui a la escuela y pregunté a mis compañeros si habían visto la bola de fuego que cayó; la mayoría no vio nada pero Joaquín, David y Paco dijeron que sí.

No seguimos platicando porque tocaron la campanita para entrar a clases, pero en la hora del recreo nos juntamos nuevamente y se acercaron con nosotros varios niños que les llamó la atención lo que habíamos visto. Ese día no jugamos. Sentados en círculo continuamos con nuestra plática que, ya para entonces, había adquirido tal importancia que no dejábamos de hablar de lo mismo.
Cada quien tenía su versión. Creo que en esa mañana ninguno de nosotros le puso atención a la clase del profesor. Estábamos entregados de lleno a lo nuestro. Joaquín mencionó que su papá le dijo que aquello se trataba de un meteorito y que allá sobre el
Yucunitzá. cerro muy hermoso Que se encuentra al norte de la ciudad de Huajuapan. ya habían caído muchos y que él los había visto.

David tenía su propia versión diciendo que aquello, de seguro, era un platillo volador. Aseguraba que su abuelo vio una vez bajar a uno de ellos sobre el cerro, en una noche cuando buscaba unas vacas que se le habían perdido. Lo que dijo Paco nos movió más la curiosidad. Muy seguro nos mencionó que se trataba de un satélite artificial que ya no servía y que se desplomó sobre el monte. Según él, vio cómo la bola iba sacando humo al caer. Con esto nos creció más la curiosidad y queríamos creerle pues era un niño que vino de la ciudad a vivir acá en el rancho. Él había visto mucha televisión cuando nosotros solamente escuchábamos radio y en ese aparato no hablaban de satélites ni de meteoritos, sólo escuchábamos las radioseries Chucho el roto, Tres Patines o Kalimán, El hombre increíble.Por lo que correspondía a mi opinión, yo les dije que no sabía de qué se trataba pero que me gustaría averiguarlo. Todos apoyaron mi propuesta y a la salida de la escuela acordamos la hora para explorar el lugar en cuestión.

El siguiente día seria sábado y aprovecharíamos el tiempo en nuestra misión investigadora. Iríamos cuatro niños porque a los demás no les daban permiso ya que eran muy maldosos y nadie les tenía confianza. También nosotros, Joaquín, David, Paco y yo, no queríamos que fueran porque, aparte de, ser groseros, eran muy miedosos.

El sábado por la mañana, como a las diez horas, nos reunimos en El Aguacate, un lugar al que le llamábamos así porque ahí estaba un árbol de esa fruta. Era un árbol frondoso y sobre él se tejían grandes misterios. Se decía que en sus ramas, a media noche, se columpiaban los duendes y que por eso en la época en la que El Aguacate fructificaba, bajo su sombra aparecía gran cantidad de fruta madura.

Yo recuerdo que cuando pasaba por ahí en ese tiempo, veía a varias mujeres madrugadoras que aprovechando la ida al molino, llenaban con aguacates frescos los bolsillos de su mandil y no conformes con ello, formaban con su rebozo un recipiente para tal fin.

También recuerdo que cuando pasábamos por ahí en esos buenos tiempos, los que íbamos con rumbo al campo, a los terrenos que están más allá de El Aguacate, recogíamos ese delicioso alimento.

Se decía que cuando El Aguacate no fructificaba, era porque había sido poseído por algún ser maligno. Ser que a media noche gritaba, cantaba y bailaba bajo la sombra. Ese personaje tenía traje negro de charro. Eso dicen.

Ahora El Aguacate ya no existe. Lo derribaron para ubicar en su lugar un expendio de bebida refrescante que tiene el color tan negro como la cáscara de aquellas frutas. Lo bueno es que la cáscara de los aguacates no se come.

Ya estábamos los cuatro, pero Joaquín llevaba a su hermano más pequeño y lo tuvo que regresar rápidamente a su casa porque no llevaríamos niños pequeños. Nosotros teníamos como nueve o diez años.

Nos encaminamos hacia el cerro Yucunitzá y comenzamos a ascender lo más rápido posible por el lado menos inclinado. Tardamos como cuarenta y cinco minutos en llegar a la cima. Descansamos unos minutos antes de explorar la zona pues casi teníamos seguro el lugar en donde había caído la bola de fuego aquella noche.

La curiosidad aumentaba conforme nos acercábamos al sitio indicado. Caminábamos lentamente como buenos investigadores de cosas extrañas. Nuestros ojos estaban más abiertos que de costumbre y sentíamos que el corazón golpeaba con fuerza nuestro pecho. Yo empecé a sudar y creo que mis amigos también. Para entonces, por mi mente pasaban varias suposiciones, a lo mejor se trataba de algún helicóptero, un avión y hasta llegué a pensar que podría tratarse de alguna bomba atómica que haría explosión de un momento a otro.

Seguíamos avanzando y aún no encontrábamos nada, la desesperación crecía. Tratábamos de no hacer ruido por si acaso había alguien. Observé que el pasto estaba quemado, toqué a Joaquín en el hombro, le señalé lo descubierto y éste con señas avisó a los demás. Nos encogimos de hombros como haciéndonos otra pregunta y con más cautela que antes, nos acercamos tras unos arbustos pues sospechábamos que ahí, en el centro de la cima del cerro, se encontraba lo que buscábamos. Mejor no hubiéramos ido.

Nos asomamos lentamente y ahí tras cazaguates, jarillas y cactus, como escondida, se hallaba lo que jamás olvidaremos. Era una bola grande que parecía de cristal, como una burbuja gigante. A su alrededor se hallaban sentados con los brazos extendidos, como haciendo ejercicios mentales, varios hombrecillos extraños, parecían brujos de otros tiempos. En sus manos tenían calaveras humanas que habían desenterrado del cerro porque alrededor se veían fosas excavadas.

Recuerdo que un día mi abuelo me dijo que ahí en la cima del cerro, hace mucho tiempo, enterraban a nuestros antepasados.

Era un ritual. Con sus manos subían y bajaban los cráneos. Parecía que los estaban pesando porque semejaban una balanza. Que extraño era todo aquello.

Quisimos salir corriendo pero no tuvimos fuerza para hacerlo, sólo podíamos mover la cabeza y las manos y de nuestra boca no salía ni el más leve murmullo. Algo nos tenía sujetos e inmovilizados. Aquellos personajes se pusieron de pie y metieron los cráneos en la burbuja. La rama que estaba sosteniendo a Joaquín no resistió y se rompió haciendo un fuerte ruido. Con eso nos vieron y comenzaron a acercarse a nosotros. No pudimos levantamos del suelo, tampoco pudimos gritar, sólo nos escurría mucha baba de la boca como sudor del cuerpo. La vista se me nubló y me desvanecí; lo mismo pasó con mis amigos. No sé que sucedió después.

Al volver de mi desvanecimiento, me hallaba en una de las fosas excavadas. Pude incorporarme y observé que a mis amigos también los metían en fosas. Quise salir de ahí pero no pude, caí pesadamente sobre la tierra suelta. Ya no observaba ni podía moverme, solamente podía escuchar y sentir.

Un golpe plano y pesado cayó sobre mí y a partir de ahí, respiraba aire y polvo revueltos. Se escuchaban murmullos, voces ajenas a mí. Algo pesado me seguía oprimiendo y poco a poco la respiración se me hacía más difícil. No recuerdo qué tiempo estuve así. Sólo recuerdo el momento cuando escuché que por algún lugar ladraban los perros. Los aullidos se acercaban más y más. Cuando el alboroto de los canes ya estaba cerca de mi, escuché voces de señores que gritaban: “¡Aquí tampoco hay nadaaaaaa!” y en seguida se escuchó la contestación del cerro.

Las voces aquellas y el escándalo de los animales se fueron alejando. Yo sabia que me buscaban pero no podía hacer nada. Quise exclamar con fuerza: ¡Sáquenme de aquííííííííí!, pero no pude, solamente lo pensé. El aire me faltaba. Los gritos de las personas y los ladridos de los perros se alejaban más y más. Cuando sentí que me ahogaba, recordé a mi familia, a mis animales, a los juegos, a mis radioseries preferidas, al Aguacate. Ya casi no se escuchaba n¡ se sentía nada y mi mente fue desapareciendo poco a poco…

Fuente: “Canasta de Cuentos Mixtecos” Senen de Jesús Acevedo
*Para aquellos que preguntan, esta es toda la leyenda, asi esta redactado su final en el libro.

Recibe notificaciones en tiempo real en tu dispositivos

Comentarios
Cargando...