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La historia de la majestuosa cueva del Dios de la Lluvia de San Juan Diquiyú

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Hay que caminar tres kilómetros para dar con una trunca figura de ídolo, sin cabeza, con los brazos entre cruzados sobre el pecho.

En la punta de gigantescas peñas, más de 2 mil metros aproximados de altura, se encuentra la majestuosa Cueva del Dios de la Lluvia ‘ve’e javi’ en idioma mixteco; en cuyo interior permanece de pie una deidad finamente tallada, se trata de una trunca figura de ídolo, sin cabeza, con los brazos entre cruzados sobre el pecho; que los aborígenes llaman Dios de la Lluvia; cubierta en su alrededor por piedras y plumas de aves de corral, puesto que aquí los curanderos realizan ceremonias prehispánicas para pedir abundantes lluvias, como diversas curaciones, entre las que se destaca la de recoger el espíritu de personas enfermas de espanto; igualmente el de los difuntos para encausarlos a encontrar el eterno descanso en las praderas del cielo.

EXCURSIONES

Al irse elevando el sol, cuyos rayos iluminan claramente al interior de la cueva, en la cima de las selváticas montañas de Diquiyú; un puñado de excursionistas guiados por Austerlitz Sánchez Méndez, comisionado del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en la Mixteca; luego del ajetreo entre matorrales, vejucos, espinos, recorriendo a pie cerca de tres kilómetros, las abundantes vegetaciones como que obstaculizaban a propósito el acceso, pero finalmente llegaron a la boca de la cueva, tras descender en resbalosas y rocosos peñas.

Un amplio espacio de 30 aproximados metros cuadrados, al interior de la cueva que uno a uno de los visitantes fueron entrando, territorio en donde se siente pleno dominio o efectos de la naturaleza, la fuerza de la deidad se deja sentir, momentáneamente y causa emoción y miedo, a la vez que el fenómeno de las montañas arrecia ocasionalmente. Los niños curiosos se acercan al idolillo, lo tocan con sus manos, luego se quedan observándolo, mientras que un ligero viento sopla fríamente alrededor y dentro de la cueva.

SACRIFICIOS

Abundantes plumas de aves de corral esparcidas en la cueva, restos de cordero, el suelo teñido de sangre de animales sacrificados en ceremonias que curanderos ofrendan como presente a la deidad del Dios de la Lluvia; en tanto, el guía Sánchez Méndez deja escuchar el silbido de un silbato de barro que alfareros expenden en mercados de Huajuapan. Al tiempo, detalló que para acceder al interior de la cueva, es preciso descubrir la cabeza, como señal de respeto, luego de pedir permiso al señor de la cueva, al señor de las gigantes y rocosas montañas de Diquiyú.

También dijo que es necesario agradecer al universo por la existencia de los lugares naturales, como es la Cueva del Dios de la Lluvia, que data precisamente del periodo preclásico de nuestra era. La deidad es ídolo original, roca de esta tierra de Diquiyú, o preclásico temprano, mientras que la cueva es venerado por los pobladores circunvecinos de la comarca, aquí llegan a pedir las lluvias, lo hacen con fe y devoción, vienen con gozo cada cual con su presente, sostuvo.

SE SIENTE EMOCIÓN

Sánchez Méndez detalló que se siente la emoción y se percibe la fuerza de la naturaleza de la cueva, se percibe en la humanidad el espíritu noble de los señores principales, cuyos restos aquí descansan, sus tumbas permanecen al interior de la cueva, de ahí la importancia de descubrirse la cabeza, con absoluto respeto con que se debe de conducir, porque el espíritu de los guerreros merodea en estas montañas, dijo.

Además del Dios de la Lluvia, se aprecian claramente al interior de la cueva diversas pinturas rupestres, así como tumbas prehispánicas, refirió.
Finalmente, indicó que las Autoridades del Comisariado de Bienes Comunales y del Consejo de Vigilancia de San Juan Diquiyú, son los que guían los recorridos que se programan de manera esporádicas. Ellos son los dueños de estas tierras, en obvio herederos de la raza del Tlaloc Mixteco o deidad de los aborígenes, el señor de las montañas, quien guía el destinos de estos hombres, desde las entraña de la Madre Tierra.

En tanto, durante el tiempo y época del recorrido fueron ellos los que permanecieron al pendiente, resguardando la integridad de los visitantes, a pesar de que permanecieron en distancia prudente, cuyo paraje es de su pleno dominio, estuvieron al pendiente de cada detalle

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