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En El Pais de Las Nubes

Esta vez me hallo en la cima de la montaña más alta, aquí en el País de las nubes donde casi se toca el cielo. Estoy admirando lo que hubo hace tiempo, una casa confortable de adobe y piedras, con techo de tejas y que realzó en su momento la imagen de este paisaje. Hace tiempo, junto a esa casa, sobresalían varios árboles y en un espacio, el corral de las cabras y las ovejas.
Fue en aquel momento cuando la luz del día dominaba poco a poco la obscuridad de la noche y las gallinas con gran alboroto se desprendían de las ramas de los árboles porque el gallo dominante, sobre la rama más alta, cantaba con fuerza ordenando a todos, que la hora de iniciar un nuevo día había llegado. Las cabras y las ovejas balaban remolineándose en el corral y los perros ladraban como queriendo hacer coro en aquel ambiente.

De la cocina y por el tejado, salían gruesos hilos de humo con aroma de encino, pues ya doña Cleotilde arrojaba rajas de leña al fogón. Alicia, su nuera, aunque casi cumpliendo los nueve meses de embarazo preparaba sobre el metate la masa para las tortillas y fuera de la cocina, don Juan sudaba ya moliendo el nixtamal del día en su molinito de mano; Ramón, esposo de Alicia, hijo único de don Juan y doña Cleotilde se había ido muy temprano al pueblo que está allá abajo de la montaña. De pronto, Alicia dio un quejido, se llevó las manos al vientre y exclamó: iCreo que … ha llegado la hora!
Iba a nacer el niño que tanto habían deseado.

El bebé nació callado y doña Josefa, la matrona, le propinó una nalgada para que comenzara a tomar aire, según ella. Inmediatamente el recién nacido comenzó a llorar muy fuerte, la partera había notado que aquel niño no era igual a los demás, pero no dijo nada y terminó su trabajo. El niño siguió llorando y después de un rato se calmó. Las mujeres hicieron pasar a don Juan y doña Josefa con voz melancólica les dijo: Miren, no lo vayan a tomar a mal, el chiquillo no está bien, nació con una piernita suelta, a lo mejor por eso lloró tanto, pero no se espanten, con el tiempo se irá componiendo.
¡Cómo que mi hijo no está bien!, manifestó sorprendida la nueva mamá.
Sí mujer. .. pero no es grave, replicó la partera con tono consolador, tu hijo se pondrá bien, ya lo verás; así ha pasado con varios y luego se componen. Todos se tranquilizaron con las palabras de la anciana.

Cuando llegó Ramón, el nuevo papá, le comunicaron lo que había pasado y con calma le explicaron lo del pequeño. Esa noche el bebé lloró mucho y en la madrugada se calmó. Pareció que todos durmieron un poco pero no lo hicieron. ¿Quién iba a dormir en esas condiciones, cuando tanto se desea un hijo y al hijo se le ve sufrir?
Comenzó a correr el tiempo de manera normal y el niño, a quien llamaban Marcos, en ocasiones lloraba mucho, a veces poco y otros días no lloraba. Sus padres estaban tristes, esperaban que con el tiempo su criatura fuera normal. El miedo a escuchar que lo de su hijo era incurable, no les permitía llevarlo al médico.

El tiempo seguía su curso y Marquitos dejó de quejarse. Los padres se tranquilizaron un poco y su gran amor al pequeño no les permitía aceptar que a su hijo no le crecía una pierna de forma normal. Los abuelos insistían que su nieto estaba mal. A tanta insistencia y venciendo el miedo, lo llevaron con el médico del pueblo quien les dijo que con los años se iba a normalizar la pierna. Pero no fue así. El muchacho siguió creciendo con su mal. Lo curaron varias personas pero de nada sirvió.
Los años pasaron muy rápido y Marquitos ya tenía cinco años y aún no podía caminar, se apoyaba con una muleta, su papá lo llevaba cargando al pueblo a escuchar misa o en los días de fiesta, pues tenía miedo montarse en los burros y en los caballos.

De vez en cuando, Marquitos platicaba y jugaba con los niños que llegaban del pueblo a comprar quesos. Era un buen chico. Los chiquillos le platicaban que ya iban a la escuela y le hablaban de los libros, los cuadernos, los dibujos, del recreo y los amigos. Marquitos se entusiasmaba cuando escuchaba eso. No fue necesario convencer a su padre para que lo llevara a la escuela. El papá sabía que sería difícil llevarlo desde la cima de la montaña hasta el pueblo, pero, sin duda, lo haría porque sentía un gran amor por su hijo. Por las mañanas, lo bajaba cargando en la espalda y por las tardes de la misma manera lo subía por el cerro hasta su casa. Marcos era muy inteligente, pronto aprendió y sus papás, con su gran amor, lo seguían comprendiendo.
A sus nueve años seguía yendo a la escuela aunque con el mismo defecto corporal, pero una tarde su padre, al ir por él al pueblo, escuchó que a ese lugar había llegado un buen médico que curaba los huesos. Inmediatamente se presentó ante él y le planteó el problema de su hijo.

El muchacho fue revisado, ¡había una esperanza! Se le podía implantar un injerto de hueso a su pierna para que ésta recuperara su tamaño normal, sólo había un inconveniente, ¿Dónde conseguir un hueso fresco? Tendrían que esperar a que un niño de su edad muriera para poder obtenerlo. Marquitos decía: Aunque mi mayor ilusión es la de ser como los demás, caminar y correr como ellos lo hacen, no quiero que ningún niño muera así tenga que vivir incapacitado para toda mi vida.
Marcos siguió por mucho tiempo en la lista de espera de un donante yen nueve años, desafortunadamente murieron varios muchachos, pero ningún familiar de los fallecidos aceptó que a su ser querido le arrancaran parte de su cuerpo.
El padre de Marcos estaba desesperado. El deseo de ver a su hijo como los demás con sus dos piernas completas, se había convertido en una obsesión. Ya llevaban mucho tiempo esperando. Aquel niño que cargó en la espalda para llevarlo a la escuela, ya tenía veinte años y seguía así como él no quería verlo.

¿Por qué nuestro hijo tiene que vivir así?, le preguntaba a su esposa y los dos lloraban en silencio.
No soportaban ver así a su hijo y cada noche oraban para que ocurriera un milagro. Ramón visitó nuevamente al médico en la ciudad como lo venía haciendo cada veinte días durante todo aquel tiempo y recibía las mismas palabras: “Hay que seguir esperando”. En seguida hizo una pregunta que cambiaria el destino y apuraría la cura. Mencionó que si sus huesos podrían servir para su muchacho.

El médico observándolo detenidamente contestó que sí.
Por la mente de Ramón cruzaba cierta idea. Regresó a su casa, allá en la cima de la montaña. Esa noche no durmió, ¿tramaba algo? Sólo él lo sabía.

Al amanecer platicó con su esposa todo lo relacionado con su hijo y le expuso que al día siguiente, tenían la ansiada cita con el médico en la ciudad. Muy contento manifestó que ya habían encontrado donante; sin duda era una mentira que Lucía, su esposa, no detectó.

Al otro día, Ramón y Marcos se despidieron de su familia y partieron con rumbo para la ciudad. En un momento, de la cara del afligido padre rodaron algunas lágrimas que el hijo no observó.
Llegaron a la ciudad e inmediatamente se dirigieron al hospital donde se quedaría Marcos. Ramón habló con el médico y le informó que su hijo se hallaba en el sanatorio porque ya tenían al donante del hueso, el cual venía en camino y que ellos se habían adelantado para que pudieran preparar a su muchacho. El médico muy extrañado, le hizo muchas preguntas y al ser satisfactorias las respuestas, se convenció.

Comenzaron los preparativos para la intervención de Marcos, análisis clínicos, firmas … ¿Y el donante dónde estaba? Ramón se acercó a su hijo, le dio un beso en la frente y salió muy rápido del hospital.

El joven ya estaba preparado para la cirugía, sólo esperaban a la pieza ósea que llegaría en cualquier momento.
El padre, en otra clínica cercana, se hallaba en el quirófano donde le sustraerían un riñón. Con ello pagaría el implante de su hijo.
Junto a él, había intercambio de miradas incomprensivas. No podían creer que hubiera gente capaz de dejarse sacar uno de esos órganos con el fin de obtener dinero para sostener sus vicios. No sabían la verdad. Ellos cumplían con su deber ignorando el verdadero motivo de aquel hombre.

Ramón, no resistiendo esa dura prueba, dejó de existir ante aquellas miradas llenas de incomprensión y frialdad.
Marcos, como si en su inconsciencia por la anestesia hubiera presentido el sacrificio que su padre hizo por él, no pudo más.
Y allá abajo por el lomo de la montaña, aquí en el País de las nubes, por donde el padre cargaba a su hijo enfermo, subieron dos ataúdes, inseparables, ascendiendo hasta el más allá, buscando una puerta del cielo que sin duda la encontraron.
Las ruinas están aquí. Todavía se percibe ese olor a encino y abajo de estos dos montículos de piedra, está escrita esa historia.

Ahora, me doy cuenta.

Debo bajar pero no puedo. Sólo escucho el alboroto de animales y voces de personas, risas, llanto, gritos, lamentos.
Quiero seguir pero a mi prótesis se le ha despegado una correa.
En este momento recuerdo muchas cosas. Siento la tosquedad de las manos de doña Josefa, escucho el canto del gallo dominante sobre la rama más alta y el alboroto de las cabras, las ovejas y los perros. Ahora no quiero bajar, prefiero subir, pero estoy en la cima de la montaña. Mis ideas me abandonan y siento el cuerpo dormido.

Fuente: “Canasta de Cuentos Mixtecos” Senen de Jesús Acevedo

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